"EL NACIMIENTO Y LA MUERTE NO SON DOS ESTADOS DISTINTOS, SINO DOS ASPECTOS DEL MISMO ESTADO." GANDHI.



martes, 22 de marzo de 2011

When i Met Him

Tenía la misma edad de siempre, y lo digo así, porque uno crece, sin embargo no madura, tal cual la expresión misma, somos los errantes mismos, los de siempre, con las mismas ideas de siempre. Ahí tenía entonces ya esta edad entre los 15 y los 40, y lo conocí por casualidad al salir de la casa de Andrea. 
Me sonrió, me miró a los ojos, y yo me mordí el labio inferior. Cuando su voz varonil me saludó mi piel se erizó, y titubeé un poco antes de abrir la boca, y una vez abierta solo dije estupideces. Y sucedió que lo poco que pude articular y él pudo entender no importó porque no lo volvería a ver.
Al menos eso pensé, porque, qué probabilidades había de volverlo a ver, si Andrea y yo solo eramos conocidas de una amiga, de un amigo que una vez nos presentó.
Es un poco extraño, porque a pesar de ver a una persona que te deja cierto impacto por una única vez, puede quedarse en tu consciente y subconsciente por demasiado tiempo, y él había aparecido en mis sueños y en mis realidades diarias, y en mis fantasías, y en mis momentos de sexo banal, y en la noche, y en el día.
Después de 42 días descubrí que todo giraba de igual manera, así que decidí ir a tomar lo de siempre, donde siempre. Llegué, pedí lo de siempre, me senté donde siempre, con los de siempre, y llegaron las locas, con sus ropas no de siempre, llegó Rubén con sus zapatos de piruja, y su minifalda roja de teibolera, junto con Beto y su traje de tigresa, y con sus uñas rosa brillante, la combinación fascinante para el espectáculo, hablaban de lo maravilloso que fue el show de esa noche y cómo Andrea ( que en realidad es Andrés) con su nueva invitada lograron que se llenara el lugar. Andrea vestida de Mujer Maravilla, super sensual, (nadie creería que es hombre, y con todo lo suyo, cero cirugía. 
Andrea me saluda, y tras ella llega una nueva, Jackie, ella es nueva en el show.
Jackie se sienta a mi lado y conversamos un poco, se toma unos tragos conmigo, me parece muy divertida y reímos de tonterías y de los efectos del alcohol, hasta que se quita la peluca y veo su rostro familiar, y entonces comprendo que esos tacones y esas medias rotas, ese labial morado, esas sombras oscuras y esa peluca negra no eran nada, para mí no eran nada, porque lo que había debajo era él, y me sentí estúpida, me sentí  horrible, deforme, incoherente, absurda pero más que nada, me sentí mujer, y eso para él (o ella) no sería suficiente. Y se lo dije de frente, le dije quien era yo, me abstuve de hablar sobre mis obsesiones, pero mi miró a los ojos y supo que aún en esa falda yo me sentía atraída hacia él. 
Me miró fijamente y me acarició el rostro, se acercó y me besó la mejilla, muy cerca de la boca, y lamió las comisuras de mis labios, y no me contuve, y abrí la boca, ya no para decir nada, sino para besarle a fondo. 
Los demás rieron y comenzaban a aplaudir.
Andrea dijo: Demasiado tarde, la operación fue hace más de un mes, y no hay forma de volver a pegar eso.
Lo siento nena, dijo él. Y me abrazó como si él también hubiera descubierto que algo estaba mal.
Nos quedamos callados largo rato, abrazados, sin comprender nada. Salimos tomados de la mano, caminamos por horas, hasta que llegamos a la playa, se quedó dormido en mi pecho. 
Amaneció, abrí los ojos, lo miré, o la miré, no me importó, ese día descubrí que quería ser hombre.



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