Qué ganas de morir a las tres de la mañana, cuando la humedad incrementa y el calor parece interminable. Un verano de noviembre en el norte que parece sur.. Qué ganas de quedarse callado, pero el volumen de los pensamientos parece dispararse en la noche, o al menos a la hora de acostarse.
Qué ganas de evitarse las horas hostiles donde se es uno mismo discutiendo con uno mismo.
Debo aceptar que he aprendido a callar sutilmente esas voces, a base de distintas formas, algunas legales, algunas, no tanto. Pero al final siempre vuelven y no hay remedio para la razón o la insensatez.
Cuatro de la madrugada, una buena hora para agonizar si es que no has muerto. El sudor que escurre entre las manos y las piernas, las sábanas revueltas, la almohada humedecida, el aire tibio entra por la venta casi sin dejar respirar.
Cinco treinta de la madrugada, una buena hora para resucitar si aun sigues vivo después de los pensamientos insensatos y del razonamiento intenso y continuo que no cedió durante ningún segundo para dejarte descansar.
Un rayo de sol avanza como asesinando la brisa fresca, la única brizna de todo el día, la esperanaza de la bienvenida del otoño, una broma pesada que al final nos recuerda que es sólo el principio del verano en el desierto.
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